Ha llovido durante la noche y la mañana amanece ventosa, pero poco a poco el Mediterráneo va trayendo luz y calma. El sol empieza a calentar y el día va cogiendo fuerza. Salimos a pasear hasta el Faro de Cabo de Palos, construido en el siglo XIX sobre una antigua torre defensiva y levantado en piedra maciza, con un aspecto muy sólido.
La costa aquí es abrupta, con numerosos salientes y rocas que emergen del mar entre las olas, dando lugar a un paisaje muy potente. Además, en esta época del año no hay prácticamente nadie y se respira una calma absoluta. No es casualidad: esta es una de las zonas de buceo más importantes del Mediterráneo, gracias a la reserva marina y a la riqueza de fondos.



Bajamos a una calita diminuta y nos sorprende encontrarnos con un hombre ya mayor que desciende con su bombona de oxígeno, también de aspecto bastante veterano, colgada a la espalda. Intercambiamos unas palabras sobre lo excepcional que es este lugar para bucear y lo vemos entrar poco a poco en el mar, nadar de espaldas y desaparecer bajo el agua. La escena transmite mucha paz.
Regresamos tranquilamente a la furgo disfrutando de la mañana y decidimos acercarnos a Cala Reona para hacer algo de senderismo en el Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila. El paisaje nos llama mucho la atención: relieves de aspecto casi volcánico, alternancia de materiales duros y blandos con estratos inclinados tipo flysch, colores oscuros y rojizos y una geología muy marcada por antiguos procesos marinos y tectónicos. No tenemos tiempo de completar la ruta porque hemos reservado para comer y no podemos llegar tarde, pero lo poco que vemos nos deja con ganas de más.





Comemos en el Bocana de Palos, y la experiencia es excelente. Pedimos los llamados “chanquetes de la huerta”: verduritas de la huerta murciana cortadas en tiras finas, rebozadas en tempura, con salsa americana y un huevo frito por encima, espectaculares. Después, una caldera de pescado, plato típico murciano: arroz hecho con un fumet intenso de pescado de roca, acompañado de dorada a la plancha. Todo muy bueno. Gemma termina con un café cartagenero, con leche condensada, licor y café, que también resulta un acierto.
Después damos un paseo por La Manga del Mar Menor, donde resulta imposible no fijarse en el enorme impacto del desarrollo urbanístico de las décadas de 1960 a 1990. De allí continuamos hacia Portmán. Llegamos justo al atardecer y disfrutamos de unas vistas preciosas de la bahía desde un paseo completamente desierto. Decidimos quedarnos a dormir allí, junto a otras cuantas furgonetas que han llegado al mismo lugar.´




Antes damos una vuelta en coche por el pueblo. Llama la atención el carácter trabajador de la zona, con viviendas humildes mezcladas con algunas de corte más turístico. Portmán fue una importante zona minera, especialmente de plomo y zinc, hasta el cierre de las explotaciones a finales de los años 80 y principios de los 90. Durante décadas, los residuos mineros se vertieron directamente a la bahía, colmatándola casi por completo y creando un paisaje muy alterado, casi lunar. A día de hoy, sigue el debate sobre si es mejor sellar los estériles en el fondo marino o retirarlos para intentar recuperar la bahía. Cuarenta años después, el problema sigue sin resolverse.
Comentarios
Publicar un comentario