24 de diciembre 2025. Mazarrón
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Tras aprovechar los recursos que ofrece el alojamiento, ponemos rumbo a Mazarrón. Nos llama la atención lo de las Gredas de Bolnuevo, así que es nuestra primera parada.
El lugar resulta muy llamativo. Es curioso observar cómo el paisaje, a base de viento, lluvia y salinidad, acaba creando auténticas esculturas naturales que, al menos a nuestro parecer, superan con creces muchas creaciones humanas. En este caso, las formaciones se originan a partir de antiguos depósitos marinos acumulados cuando esta zona quedó sumergida tras la apertura del Estrecho de Gibraltar durante el Pleistoceno. Son materiales blandos, principalmente margas y areniscas, muy fáciles de erosionar, que el paso del tiempo ha ido modelando hasta dar lugar a estas formas tan singulares.
El paseo marítimo discurre junto a una larga playa de arena que, sin duda, debe ser un imán para el turismo en verano. Ahora, fuera de temporada, se recorre con tranquilidad.
Desde allí nos vamos a visitar los restos mineros de Mazarrón. La zona tiene una larga tradición minera que se remonta a época romana, con la explotación de plomo, plata y otros metales, y que se intensificó especialmente en los siglos XIX y principios del XX. Los restos que se conservan —castilletes, galerías, balsas y montones de estériles— son muy visibles, y los colores de los minerales, con ocres, rojos y violetas intensos, resultan espectaculares. Paseamos con calma, leyendo el paisaje y entendiendo mejor cómo la historia ha ido dejando capas superpuestas en el territorio.
La perra, mientras tanto, disfruta a su manera persiguiendo conejos, auténticos protagonistas de la repoblación espontánea de la zona.
Comemos en Mazarrón, en un restaurante del puerto, para probar algunos productos locales, y después hacemos la compra con la idea clara de darnos un buen homenaje de Nochebuena. Para celebrarlo, buscamos un sitio bonito a los pies de un acantilado.
El lugar es perfecto, aunque aparece el inevitable personaje dispuesto a estropear el momento. Nos sorprende la gran cantidad de autocaravanas alemanas y del norte de Europa que hay por la zona. En este spot ya hay dos y, como sobra espacio para alguna más, buscamos un sitio lógico para aparcar. Cuando ya estamos colocadas, sale un alemán bastante maleducado de su camper para decirnos —en inglés— que él ha venido buscando tranquilidad y que le molestamos aparcando tan cerca. La respuesta es clara: todos buscamos lo mismo, nadie ha pagado por ese trozo de acantilado y compartir forma parte del trato. No nos movemos ni un metro.
A pesar del encontronazo, damos un paseo vespertino por la zona con la perra y acabamos disfrutando de un merecido homenaje de Nochebuena en nuestra querida camper, como habíamos planeado desde el principio.
A la mañana siguiente, día de Navidad, decidimos dar un paseo breve por el acantilado e irnos a comer con la familia a Valenica.... estos días navideños son inevitablemente familiares!!!!
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